Una de clase que está como un tren y lo tiene todo muy desarrollado, se puso un escote de infarto, y se agachó. Yo estaba llamando a un amigo, pero sin querer miré hacia ella, y me quedé embobado durante dos o tres segundos. Luego, mientras ella se incorporaba, me miraba con ojos de espero que te haya gustado...
Lo más curioso es que semanas después, en una prueba de educación física en la que había que correr durante media hora, ella se puso al lado mío a correr. Cuando me puse a hablar con ella, le miré a la cara, pero mi subconsciente me jugó una mala pasada... Me dijo: Mírale las tetas. Yo miré descaradamente, y ella dijo: ¡¡¡Deeenniiiis!!! Y me arreó un sopapo.
Conclusión: A las mujeres, no hay Jesucristo quien las entienda.