Fue justo hace dos años. Miles de béticos, hartos de ver cómo el club de sus amores se consumía en el marasmo en el que dirigentes del más burdo pelaje arruinaban el fútbol español, decidieron tirarse a la calle para manifestar su descontento con la gestión de Manuel Ruiz de Lopera al frente de la entidad verdiblanca. Pedían un cambio, un relevo que posibilitara un giro copernicano en la manera de llevar las riendas del club, y pedían participación, claridad, modernización y profesionalidad. Aclamaron en la Plaza Nueva a varias de las leyendas vivas de la historia del club y a todos aquellos que habían tomado la iniciativa de convocarles y unirles en el grito unánime que proclamaba que otro Betis era posible.
Aquello pasó. El efecto de la movilización pareció diluirse con los días, con el calor del verano, con el descanso de las vacaciones y con ciertos desencuentros, por qué no decirlo, que se detectaron entre algunos de los que habían ido cogidos de la mano al 15-J «por un Betis libre». Sin embargo, la fiel infantería verdiblanca no había clamado en el desierto. Todo el mundo tomó nota y no tardó mucho en desencadenarse la imparable regeneración de la sociedad heliopolitana sostenida por la presión popular y por la acción de la Justicia en la investigación del fondo del modus operandi vigente en la administración del Real Betis desde 1992.
No es cuestión de entrar en detalles que están muy discutidos y que además tendrá que esclarecer un Tribunal. La marcha de Lopera, la llegada de Luis Oliver, las voluntades verdaderas de ambos, el desalojo posterior del navarro y el gobierno interino impuesto por la magistrada Mercedes Alaya son episodios recientes de una historia convulsa sobre la que todavía no se han dicho las últimas palabras. Lo más importante de todo lo que le ha sucedido al Real Betis Balompié es que se ha desvelado su realidad interior y se ha comenzado con una ardua tarea de reconstrucción de la misma con planes de austeridad y de viabilidad a corto, medio y largo plazo; que sin discursos populistas ni demagógicos golpes en el pecho se ha conseguido el ascenso a la Primera división por la vía más rápida jamás conocida; y que una y otra cosa han demostrado que, efectivamente, otro Betis era posible.
Esto no quiere decir que a partir de ahora todo vaya a ser una balsa de aceite ni que el Betis vaya a transitar alegremente por un mullido camino de rosas. No. Los expertos han cuantificado en 84 millones de euros el balance en rojo del club. Y parece que para muchos esto no tiene mayor relevancia, sobre todo cuando trascienden los números de otros clubes, pero la realidad es que el Betis debe 14.000 millones de pesetas. Y teniendo en cuenta que en 1992, en el momento del desembarco de Lopera, el fútbol y por consiguiente el Betis quedaron limpios de deudas gracias a la intervención del Estado, al Plan de Saneamiento y a la conversión de los clubes en sociedades anónimas deportivas, y considerando que en 2010, justo cuando el propio Lopera abandona la nave, la entidad debe 14.000 millones de pesetas, la cuestión no admite dudas: lo peor no fueron las formas ni el autoritarismo. Lo peor fue que el 30 de junio de 1992 el Betis debía 2.300 millones de pesetas, al día siguiente no debía nada y 18 años más tarde había multiplicado casi por siete aquella losa que entonces era de bancarrota. Se acumularon casi 900 millones de pesetas de deuda por cada temporada. Y en todo ese tiempo sólo mandó una persona.
Hoy se vislumbra una nueva realidad. Otro Betis era posible, sí, aunque el coste de la libertad sea de 84 millones de euros que ahora habrá que pagar. Es también el precio de una Copa del Rey y un agradable paseo por la Champions. De medio estadio nuevo. Del disfrute del talento de Alfonso, y de Jarni, y de Finidi. Del fiasco de Denilson. Otro Betis era posible y lo está siendo aunque pobre y maniatado. Pero feliz y autónomo. Queda la lucha y en ella sólo cabe la unión. Como la que ha propiciado un informe jurídico que posibilitará que Por Nuestro Betis acuda a la próxima Junta del 29 como un solo hombre, que es lo que quería todo el mundo.
Hace dos años, sólo dos años, el beticismo se echó a la calle. Ahora tiene que arrimar el hombro para que ese otro Betis siga siendo posible.