A ver... para ser un libro, los capitulos son demasiado cortos y avanzas demasiado rápido. Verás, yo también estoy escribiendo uno, empecé pensando como seria la historia más o menos, me hicen mis "borradores" y no he empezado a escribir hasta que estaba todo pensado. Luego una vez que empecé, voy parandome cada poco para ver como va quedando, si he avanzado demasiado rápido, si falta aclarar algo para que se entienda mejor... en mi opinion deberias detallarlo más todo. Mira, te pongo aqui un trozo del primer capitulo que he escrito:
Capítulo 1 : Iader
Nos encontramos en un bosque, en algún recóndito lugar del planeta. La noche tormentosa se cierne sobre el, el viento produce un susurro al pasar entre los árboles y moverlos, inquietante, mientras las gruesas gotas de lluvia caen sobre ellos, y posteriormente sobre el empapado suelo de hierba y musgo, produciendo una melodía incesante. Melodía tan solo rota por los truenos que la tormenta a traído, y que producen la sensación de que se vaya a resquebrajar el cielo y la tierra. Una neblina cubre la superficie del bosque, flota sobre el de una manera fantasmal. No se ven animales que nos señalen que en ese bosque hay vida alguna. Las gotas de lluvia, la humedad de la noche y el viento producen una sensación de frío que pondría la piel de gallina a cualquiera, un frío que paraliza los músculos, los sentidos, el pensamiento… desalentador. Una sensación no muy agradable. En medio del bosque, una figura irreconocible en la oscuridad, de la cual solo vemos la silueta, permanece arrodillada, sin moverse, tal vez, sin vida. En el bosque los segundos parecen minutos, los minutos horas y las horas días. No se puede decir con exactitud el tiempo que el sujeto permaneció quieto, tal vez fuese un minuto, tal vez más. Trascurrido este tiempo, se sacudió, como si una descarga eléctrica lo recorriese. Parecía aturdido, giraba la cabeza de un lado a otro, pero no podía ver nada en aquella oscuridad, las copas de los árboles y las nubes tapaban la luz que la luna podía proyectar sobre el. No daba la impresión de que tuviese intención alguna de moverse, o de que le quedaran suficientes fuerzas para hacerlo. Debía estar muy loco para adentrarse tanto en el bosque en una noche como aquella. Otra sacudida recorre su cuerpo, probablemente tenga frío. Entonces, con la caída de un rayo y la luz cegadora que éste produce, las vestimentas del sujeto quedan a la vista. Va descalzo, unos pies blancos como si nunca les hubiese dado la luz del sol, lleva puesta una túnica con capucha, que le cubre el rostro, y las manos, tan blancas como los pies, las tiene apoyadas en las rodillas. Alrededor de la cintura, a modo de cinturón, lleva una cuerda atada en la parte delantera, y en el lateral de la cuerda, hay sujeta una daga. Con la tercera sacudida, el sujeto decide ponerse en marcha. Lentamente, apoyó sus manos en la húmeda hierba, y movió el pie derecho para colocarlo firme en el suelo. Con un impulso de las manos, se coloca nuevamente rígido, y haciendo lo que parece un esfuerzo descomunal logró ponerse en pie. Parecía que el simple hecho de levantarse le había agotado todas sus fuerzas, y para evitar caer de nuevo se apoyó en el árbol más cercano con el brazo estirado. Respiraba entrecortadamente, con mucha dificultad, y con el brazo que le quedaba libre se sujetaba las costillas. Comenzó a encorvarse de nuevo, y todo indicaba que volvería a caer sobre la húmeda superficie del bosque, pero sacando fuerzas de donde no parecía haberlas, comenzó a andar por el bosque. Cada paso que daba se tambaleaba, por eso se tomaba su tiempo antes de dar el siguiente, y cada vez que pasaba al lado de un árbol se apoyaba en el y respiraba hondo, llenando los pulmones de aquel aire helado. Parecía que sabia donde se dirigía, en ningún momento dudó ni hizo ademán de cambiar el rumbo.
No se puede decir con exactitud cuanto tiempo anduvo por el bosque, ni la distancia que recorrió hasta llegar hasta una pared de piedra desnuda, aunque cubierta de musgo. Probablemente fuese un acantilado que ascendía, en la noche no se alcanzaba a ver la parte más alta. Apoyó la espalda en la pared de piedra, pero no se atrevió a dejarse caer y sentarse en el suelo, porque el esfuerzo para levantarse de nuevo seria enorme, con la cabeza dirigida de nuevo al interior del bosque, de donde provenía. No se escuchaba nada aparte de la lluvia, el viento, el movimiento de los árboles y los truenos, y el frío cada vez se hacia más evidente. Tras el descansó, el sujeto apoyó su mano izquierda en la pared y comenzó a andar de nuevo con dificultad, esta vez siguiendo el acantilado. Otro largo rato transcurrió, no debía faltar mucho para el amanecer, y no había parado de llover aun, cuando el sujeto se quedo quieto y miró al frente, pero era imposible que viese algo. Se quedó allí plantado, hasta que un nuevo rayo iluminó la zona, y se distinguió como a unos 30 metros, la pared empezaba a girar hacia la derecha, dejando a la vista lo que parecía ser la entrada de una cueva. Con energías renovadas el sujeto echó a andar, ahora más aprisa, hacia la cueva. Al llegar, se colocó frente a la entrada y miró al oscuro interior, aguzando el oído para intentar detectar cualquier sonido, pero solo había silencio. Con paso decidido penetró en la oscuridad de la cueva. Ya no necesitaba apoyarse en la pared, parecía que entrar allí le hubiese dado fuerzas, no caminaba lento y con precaución de no caer, y ya no respiraba entrecortadamente, sino harmoniosamente y con tranquilidad. En el interior de la cueva no se veía nada, estaba completamente anegada por la oscuridad, pero parecía que el sabia perfectamente cuando la cueva giraba, descendía o ascendía, porque en ningún momento chocó con ninguna pared o tropezó, y pronto dejo de oírse el viento, la lluvia y la tormenta. Debió andar aproximadamente media hora, y en el tramo recorrido había descendido considerablemente, se debía encontrar unos cien metros bajo el suelo del bosque. Tras girar a la derecha por enésima vez, al fondo del corredor al que había entrado se veía luz en las paredes. Echó a andar hacia allí, a medida que se aproximaba al tramo iluminado caminaba más aprisa. Llegó a la zona iluminada rápidamente. Allí, y probablemente en el resto de la cueva, el suelo era de tierra, y las paredes de roca rojiza, igual que el abovedado techo. En los laterales, colgaban antorchas de marfil con ribetes dorados, y en ellas crepitaba un fuego que producía un una sensación de calor agradable. La luz que producía el fuego iluminó al sujeto por completo. Las manos que sobresalían de las anchas mangas túnica, eran blancas como la nieve, debía tratarse de una persona albina, y parecía que llevaba tatuados unos extraños signos en color azul. En los pies, igual de blancos, también llevaba esos extraños signos tatuados. Las uñas tanto de manos como de pies, eran negras y debían medir unos 5 centímetros, estaban extrañamente afiladas, como si fuesen garras. Pese a la luz, la capucha sigue evitando que se le vea el rostro. El extraño sujeto miró atrás, hacia la oscuridad de la que provenía y volvió a aguzar el oído, parecía que quería asegurarse de que no le seguían. Después de unos segundos de espera, volvió a dirigirse hacia la parte iluminada y se adentró más en la cueva. Allí solo se escuchaba el crepitar de las llamas prendidas en los laterales del corredor. Después de unos minutos andando, el corredor llegó a su fin, no tenia salida, pero al sujeto no parecía preocuparle. En la pared del final del corredor había dos antorchas, más grandes que el resto, pero algo extraño había en ellas. El fuego que contenían, era de color azul y brillaba intensamente, iluminando una serie de símbolos en la parte alta de la pared, igual que los que el extraño llevaba tatuados. Parecían letras de algún idioma extraño que formaban una frase. El extraño alzó la cabeza hacia los símbolos, y entonces la luz de las llamas azules reflejo un rostro tan blanco como las manos y los pies, donde también se podían ver los símbolos que formaban la frase en la pared. Pero no era la única peculiaridad de su rostro. Los ojos estaban rodeados de negro, como si el sujeto llevase maquillaje, y las pupilas eran finas rendijas, como las de los gatos, y el iris que lo rodeaba era de un azul eléctrico que brillaba intensamente a la luz de las llamas. No tenia pestañas ni cejas. La nariz, tenía los orificios nasales más anchos de lo que seria normal, y debajo, en la boca, curvada en una sonrisa de satisfacción, se veían unos labios negros como el contorno de los ojos. El sujeto no podía ser humano. Se quedó mirando los símbolos con la sonrisa de satisfacción en los labios durante unos segundos, después caminó hacia la pared y alargó la mano para tocarla. Deslizó su mano por la pared hasta la antorcha que tenia a la izquierda, y la sacó de la sujeción. Con su mano derecha, se quitó la capucha, dejando ver una cabeza sin nada de pelo, blanca y llena de aquellos símbolos, y unas orejas alargadas y puntiagudas que debían medir unos quince centímetros. Bajó su mano hasta la cintura y sacó la daga, cuya hoja relucía extrañamente con las llamas. Subió la daga hasta la altura de los ojos y la contempló como si fuese un regalo recién abierto, un objeto que nunca antes había visto. La miró dos o tres segundo, y acto seguido, sin pensárselo, se la acercó a la mejilla y se cortó con ella. Por el corte empezó a brotar la sangre, pero, como el resto del cuerpo del sujeto, era sangre diferente de la normal, era también de color azul. Con la daga recogió un poco de la sangre que caía por su cara, y luego la pasó varias veces por las llamas de la antorcha que sujetaba con la otra mano, mientras el corte que el mismo se había hecho en la mejilla, cicatrizaba en una abrir y cerrar de ojos. Al pasar la daga por la llama azul, la sangre se evaporaba y producía humo negro. Pasó la daga por la llama unas diez veces, entonces volvió a dejar la antorcha en su sitio y acercó la daga, llena de sangre humeante, a la pared. Cuando el humo tocó la piedra, unas líneas de luz dibujaron en ella un arco, con símbolos en los bordes. El sujeto apartó la daga en cuanto todo el arco se hubo dibujado y la volvió a guardar en la cintura. Se quedo contemplando el arco de luz dibujado en la pared, y leyó con una voz ronca que parecía salir de lo más profundo de su ser las palabras que bordeaban el arco.
-Iader tumer ejcellen selior nue froj te mieler.
Una vez dichas estas irreconocibles palabras, volvió a callar, y un silencio que helaba la sangre se apoderó del lugar. El extraño se quedó mirando el arco, con cara una vez más de satisfacción, hasta que éste dejó de brillar, y acto seguido, la pared que hacia un momento se encontraba en el interior del arco, desapareció dejando ver otro corredor, más estrecho y bajo que los anterior. Pero además de la diferencia de tamaño, en este nuevo corredor cambiaba la decoración. Las paredes y el techo abovedado ya no eran de basta piedra rojiza, sino de piedra negra, brillante y lisa. En las paredes las antorchas eran todas azules, y el reflejo que producía en la oscura pared era alentador. El suelo, era de mármol negro también, muy pulimentado y limpió, de forma que cuando el extraño se adentro en el corredor, su reflejo se podía ver en las paredes y en el suelo. Cuando hubo andado escasos metro por el corredor, miró nuevamente atrás, y el arco por el que había entrado, se volvió a materializar, dejándolo encerrado en aquel corredor del cual no se veía el fin, pero no pareció importarle. Reanudó la marcha, anduvo varios minutos por el corredor, siempre recto, hasta que al fondo se vislumbró otra estancia. De ella provenía mucha más luz de la que había en el corredor, y se escuchaba un goteo y el susurro de agua, allí debía haber una fuente. Al llegar al final del corredor, se detuvo para contemplar el nuevo escenario. Se encontraba en una sala enorme, también recubierta de piedra y mármol negro en las paredes y el suelo. El techo de la sala no se alcanzaba a ver, y había seis columnas en el interior, cuadradas, en filas de tres a ambos lados. Por ellas bajaba un fino hilo de agua, y en la parte baja, a medio metro del suelo, una especie de fuente que recogía el agua que caía. En las paredes laterales de la sala, había orificios en los que brillaban llamas azules, a modo de chimeneas, y en la pared del fondo, había dos grandes estatuas a los lados. Cada estatua debía medir veinte metros de altura, estaban labradas en mármol blanco, y como el resto de la sala, estaban extremadamente limpias y reflejaban las llamas de las paredes. Las estatuas mostraban a dos seres iguales que el extraño, uñas a modo de garras, orejas puntiagudas, símbolos tatuados por todo el cuero… pero a diferencia de él, no llevaban túnica. El torso lo llevaban desnudo, y de la espalda salían unas alas estrechas pero muy largas, que iban desde la cabeza, donde se podían ver dos grandes cuernos, uno delante de cada oreja, hasta los tobillos, dónde acababan en punta. En la parte baja, llevaban unos pantalones rotos y rajados, daba la sensación de que eran muy viejos y de que habían luchado con ellos puestos. En la mano derecha llevaban una daga como la que tenia el recién llegado en el cinturón, y en sus ojos lucían una mirada de rabia y odio.
-------------------------------------------------------------------------------
Eso es sólo una parte del primer capítulo, como ves me tomo mucho tiempo para aclararlo todo, para que quien lo lea se meta lo más posible en la historia, y practicamente sienta lo que siente el protagonista.
Saludos!