Studio Ghibli: Una vida creando sueños

Redacción LaPS4.com · 29 diciembre, 2018
Echamos un vistazo a la hoja de servicios del gigante de la animación japonesa.

‘Ni no Kuni: La ira de la bruja blanca’ ya se presentaba como uno de los mejores J-RPG del momento por su entrañable y amplia jugabilidad y su exquisito diseño artístico. Algunos de los elementos más valorados de la más reciente joya de Level-5 se deben a la colaboración que la reconocida compañía de videojuegos ha encontrado en Studio Ghibli y su gran prestigio en el mundo de la animación. ‘Ni no Kuni’ ha sido, además, el videojuego en el que este estudio se ha involucrado con más ahínco, y su huella artística no podría estar más presente en él.

La filosofía que ha definido la calidad de Ghibli suele identificarse con dos personalidades: Hayao Miyazaki e Isao Takahata. Pero el nombre de todo lo que crearon viene respaldado por un legado de obras con estilo propio y de gran calidad en las que han participado un amplio colectivo de profesionales a lo largo de muchos años llenos de sueños, esfuerzos y también dificultades.

Isao Takahata y Hayao Miyazaki, unos clásicos

Cuando Hayao Miyazaki comenzó como un simple animador novato allá por los años 60 y coincidió en el mítico estudio Toei con un idealista ayudante de dirección que apenas sabía dibujar llamado Isao Takahata, poco se podía imaginar que 50 años después serían conocidos en todo el mundo como directores de algunas de las películas y series animadas más influyentes de la historia, así como por ser los fundadores del estudio de animación japonés más respetado del mundo: El Studio Ghibli.

Miyazaki y Takahata desde sus inicios tuvieron fama por su determinación y talento, y por tener las ideas muy claras. En 1968 debutaron con ‘Las aventuras de Hols, el príncipe del Sol’ tras 3 años de tira y afloja con Toei y un sonado fracaso comercial. Hoy es considerado un clásico que inspiró a toda una generación de animadores.

En 1971 fueron llamados para enderezar el rumbo de la serie ‘Lupin III’ y finalmente recalaron en Nippon Animation para dar el salto a la fama primero con ‘Heidi’ (1974), y luego reeditando un éxito mundial sin precedentes con ‘Marco’ (1976) y ‘Ana de las Tejas Verdes’ (1979), todas dirigidas por Isao Takahata con el apoyo en la consulta de ideas y el diseño de escenarios de Hayao Miyazaki.

Este último tuvo por fin la oportunidad de dirigir la serie ‘Conan, el niño del futuro’ (1978) y finalmente llegó su primera película, ‘El castillo de Cagliostro’ (1979), que retomó el personaje de Lupin y logró que fuese para muchos la mejor película sobre el mítico ladrón de guante blanco.

Mientras, se cruzó por medio el gigante editorial Tokuma Shoten y en particular el periodista Toshio Suzuki (a la postre, productor y presidente del estudio), que instó a Hayao Miyazaki a que adaptara su manga ‘Nausicaä del Valle del Viento’ como película de animación. Y lo hizo: En 1984 se estrenó con éxito la historia de la valiente princesa Nausicaä y su esfuerzo por recuperar el entendimiento entre una naturaleza contaminada y un ser humano destructor, lo que permitió (con el apoyo de Tokuma y la fe en sus posibilidades de Suzuki) que finalmente Takahata y Miyazaki fundaran Studio Ghibli con gran parte del equipo que había realizado ‘Nausicaä’, una empresa atípica donde dar rienda suelta a su creatividad sin tener que rendir cuentas a nadie.

Los inicios de Ghibli no fueron fáciles, pues su pretensión de realizar trabajos de alta calidad requería tiempo y dinero, algo que parecía incompatible con el mundo empresarial y la rentabilidad económica necesaria.

De casi la quiebra… al Oscar de Hollywood

En 1986 veía la luz ‘El castillo en el cielo’ dirigida por Miyazaki y basada parcialmente en la idea de la isla flotante de Laputa que relató Jonathan Swift. Tuvo un éxito relativo, el suficiente para permitirse una nueva aventura arriesgada que pudo acabar con el estudio: La realización de dos películas a la vez. En 1988 se lanzaron definitivamente al vacío estrenando simultáneamente ‘La tumba de las luciérnagas’ (Isao Takahata), el drama de dos hermanos en medio de los bombardeos de EE.UU. a Japón durante la II Guerra Mundial; y ‘Mi vecino Totoro’ (Hayao Miyazaki), un cuento sobre la infancia con un icónico ser, Totoro, que solo pueden ver los niños de corazón puro. Se proyectaron incluso en una sesión doble en los cines nipones, aunque tampoco fueron un gran éxito comercial y eso dejó a Studio Ghibli tambaleándose y al borde de la quiebra.

Sin embargo, encontraron la salvación a través de unos ingresos inesperados: El merchandising derivado de ‘Mi vecino Totoro’ supuso una inyección económica vital para que en 1989 Miyazaki estrenara ‘Nicky, la aprendiz de bruja’, una carismática y sencilla historia sobre una bruja de 13 años que debe aprender a valerse por sí misma. Si no funcionaba en taquilla, ya podían ir olvidándose de su sueño de mantener un estudio de animación hecho a la medida de sus dos fundadores… pero ‘Nicky’ funcionó, convirtiéndose así en el primer gran éxito comercial de Ghibli.

Le siguieron la intimista ‘Recuerdos del ayer’ (Isao Takahata, 1991) sobre una oficinista que se busca a sí misma a través de sus recuerdos de infancia; la muy personal ‘Porco Rosso’ (Hayao Miyazaki, 1992) acerca de un cínico piloto italiano de hidroaviones de la I Guerra Mundial que tiene aspecto de cerdo (literalmente); y la primera prueba para los animadores más jóvenes del estudio, que llegó con ‘Puedo escuchar el mar’ (Tomomi Mochizuki, 1993), realizada para emitirse en televisión y que narraba una costumbrista historia de estudiantes de instituto.

‘Pompoko’ (Isao Takahata, 1994), una historia localista acerca de la devastación de los espacios naturales y su impacto en los tanukis (una especie de perro mapache propio de Japón) no solo fue un éxito, sino que llegó a ser nominada por la Academia del Cine Japonés para representar al país en los Oscar, aunque finalmente no fue escogida.

Después de la preciosa ‘Susurros del corazón’ (Yoshifumi Kondô, 1995), una visión delicada y distinta de la adolescencia, llegó el proyecto más ambicioso hasta entonces: ‘La Princesa Mononoke’. Su historia, situada en el Japón medieval, recae en Ashitaka, un príncipe maldito en busca de cura y su intermediación en la guerra entre los humanos y el bosque, encabezado por San, una chica criada por los lobos. Bajo la dirección de Hayao Miyazaki se abarcó una película titánica, que supuso por entonces el mayor desembolso económico del cine japonés. Mereció la pena, pues en 1997 se estrenó asombrando al mundo y fue una de las primeras incursiones importantes de Studio Ghibli en el mercado internacional. En su propio país logró un éxito sin precedentes, ya que llegó a ser la película más taquillera de la historia de Japón hasta ese momento, por encima de cualquier otra producción nacional o internacional. Tal fue el esfuerzo en este trabajo, que el director pensó incluso en retirarse.

Tras el tropiezo comercial de ‘Mis vecinos los Yamada’ (1999), dirigida por Isao Takahata y que adaptaba unas tiras cómicas sobre una familia típica, éste pasó a un segundo plano y no dirigiría nada más hasta el anuncio reciente de que volvería a estrenar un nuevo film.

El año 2001 trajo consigo quizás la película más importante del estudio, para muchos por su calidad y para todos por la importancia que tuvo para la proyección internacional de Studio Ghibli. Se trata de ‘El viaje de Chihiro’, de Miyazaki, el viaje iniciático de una niña en un mundo fantástico de dioses mitológicos con múltiples lecturas, una belleza inabarcable y probablemente la culminación del ideario del cineasta, una explosión imaginativa absolutamente sorprendente. Nuevamente batió todos los récords y superó a la propia ‘La Princesa Mononoke’ en recaudación con cifras astronómicas, impulsadas por la buena acogida que tuvo fuera de Japón, que terminó consagrándola ganando el Oso de Oro de Berlín (primera vez que se le otorgaba a una película de animación) y el Oscar de Hollywood, entre muchos otros.

Artículo realizado por Álvaro López y Marta García.
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Un futuro incierto

Tras la pequeña y nueva probatura con jóvenes valores de la animación que llevó al estreno de ‘Haru en el Reino de los Gatos’ (Hiroyuki Morita, 2002), Miyazaki regresó ante la expectación general, una vez consagrado fuera de su país, con ‘El castillo ambulante’ (2004), adaptación de una novela fantástica de Diana Wynne Jones sobre una tímida joven transformada en anciana que busca ayuda en el misterioso castillo del mago Howl. Esta película no defraudó al contener un torrente inagotable de imágenes memorables y la magia propia del cine del director japonés, lo cual ya era difícil tras su anterior obra cumbre. Prueba palpable de que supo mantenerse en su altísimo nivel, es que volvió a lograr la nominación al Oscar, un mérito nada desdeñable en una industria americana dominada por Disney-Pixar. En Japón, como era de esperar, volvió a arrasar.

En 2006 Ghibli estrenó la conflictiva ‘Cuentos de Terramar’, basada igualmente en la famosa saga de novelas de Ursula K. Le Guin y que trataba la historia de un país imaginario, Terramar, en el que el archimago Gavilán, en busca de respuestas a los extraños sucesos del lugar, se encuentra en su camino con el príncipe Arren, que huye atormentado por su pasado. El film había mantenido una tensión notable durante su producción ya que para dirigirlo se designó a Goro Miyazaki, hijo de Hayao, sin ninguna experiencia en el mundo de la animación. Esto enojó bastante a su padre, que se desentendió completamente del proyecto y que, dicho sea de paso, no pasará a la historia entre lo mejor del estudio, no por su calidad en la animación y su magnífica banda sonora, sino por un guión desestructurado y una dirección que notó en exceso la inexperiencia de su responsable.

Para 2008 llegó ‘Ponyo en el acantilado’, el regreso de Hayao Miyazaki 4 años después de su última película. Una historia infantil y sencilla en la que Sosuke, un niño de 5 años, conocía a Ponyo, una niña-pez que quería a toda costa ser humana. El film destacó sobre todo por su realización completamente artesanal y a mano por expreso deseo de Miyazaki, lo que dio como resultado una pieza artística muy apreciable. El éxito volvió a acompañarle y la crítica, también.

En estos últimos tiempos, con los dos fundadores y sustentos del estudio ya superando los 70 años de edad, se ha intensificado la búsqueda de sucesores a las puertas de su retirada definitiva del mundo de la animación. Hayao Miyazaki por su parte, no solo ha tomado parte activa con sus propias películas (que siempre suponen una inyección económica muy importante para el sustento de Studio Ghibli) sino que lo ha hecho aportando su experiencia a las películas de los directores novatos que se han lanzado últimamente, en un plan de viabilidad que tienen muy estudiado en la empresa para asegurar un futuro y una continuidad en cuanto a estilo y calidad.

‘Arrietty y el mundo de los diminutos’ (2010), basada en el conocido libro ‘The Borrowers’ de Mary Norton, pone de manifiesto el choque de dos mundos: el de los humanos y el de una familia de seres diminutos que habitan en el subsuelo de su casa. Este film supuso el debut como director del joven animador Hiromasa Yonebayashi, formado en el propio Studio Ghibli. Para ello, Miyazaki dispuso el guión y ciertas directrices, dando como resultado una película consistente y que da bastantes esperanzas sobre el futuro, tras las dudas de anteriores intentos. Además, la taquilla respondió de manera más que notable al lograr cifras que se acercaron a la de las películas del maestro Miyazaki, algo impensable hace unos años.

2011 trajo consigo lo último de Ghibli estrenado hasta hoy, ‘Kokuriko-zaka Kara (Desde la colina de las amapolas)’, aún sin distribución en España. Esta vez se volvía al costumbrismo situando el argumento en el Japón de 1963, antes de los Juegos Olímpicos de Tokyo, un periodo optimista y de revolución estudiantil en el que se tejen relaciones complicadas entre los jóvenes protagonistas. Segunda experiencia para Goro Miyazaki que, esta vez sí, contó con la inestimable ayuda de su padre en el guión y en algunas pautas básicas, una vez hechas las paces entre ambos. Y lo cierto es que el resultado es notable y una evolución que a los que nos gusta Studio Ghibli nos hace albergar buenas perspectivas en Goro tras el pequeño fiasco de ‘Cuentos de Terramar’

Yoshiyuki Momose, figura emblemática de los procesos de animación de Studio Ghibli desde finales de los 80, por su parte, ha sido el encargado de supervisar y dirigir todas las secuencias animadas de ‘Ni no Kuni: La ira de la bruja blanca’ con el mismo espíritu con el que nacen las películas que han consagrado al estudio japonés a lo largo de su historia. Él mismo resume con facilidad la impresión que tenemos la mayoría de los que ya hemos disfrutado de la experiencia del videojuego: “nos adentramos en una película animada y jugamos en ella”. El sello de Ghibli, que no es tanto de guión o espíritu temático (obra en este caso de Akihiro Hino, de Level-5), está presente en el cuidado de los diseños y la música orquestal de Joe Hisaishi (colaborador habitual del estudio), así como en la majestuosidad de la ambientación y el aprecio por el detalle. Todos estos elementos han sido fundamentales para que Level-5 apreciara la calidez que la presencia de Studio Ghibli ha aportado a ‘Ni no Kuni’ mientras que, al mismo tiempo, las dos empresas se han contagiado mutuamente de la pasión por un cuidadoso trabajo que ha dado sus frutos.

Para este 2013 Ghibli planea su vuelta a los cines en el año más ambicioso en mucho tiempo, con el estreno de ‘Kaze Tachinu (El viento se levantó)’ de Hayao Miyazaki, probablemente el 20 de julio; y ‘La historia de la Princesa Kaguya’ de Isao Takahata para otoño.

Studio Ghibli y sus fundadores han hecho vibrar a generaciones de espectadores a lo largo de las últimas décadas, desde ‘Las aventuras de Hols’ hasta ‘Arrietty’, desde ‘Nausicaä’ hasta ‘El castillo ambulante,’ desde ‘Mi vecino Totoro hasta ‘Ponyo’, desde ‘Heidi’ hasta ‘El viaje de Chihiro’… Ahora ellos se enfrentan al final de su carrera y el estudio a un futuro incierto sin un relevo claro. Pero los sueños, cada vez que aparezcan sus nombres firmando una obra, clásica o contemporánea, continuarán en las mentes de los que estén dispuestos a abrir su corazón a las historias que han hecho, hacen y seguirán haciendo soñar al mundo… una vez más.

Artículo realizado por Álvaro López y Marta García.
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